miércoles, 19 de enero de 2011

.Las relaciones: Parte I.


Hathors





Tom Kenyon, M.A., Publicado en 2006

En cierta forma, las relaciones son como las casas. Tienen muchas habitaciones y desde cada habitación se ve el mundo de una forma única. Algunas habitaciones tienen ventanas gigantescas para mirar un mundo de inmensas posibilidades. Cuando vivimos la danza de las relaciones en estas habitaciones, la vida parece llena de promesas y potenciales ilimitados. El amor (romántico y de otras clases) puede prosperar en estas habitaciones.

Pero algunas de las habitaciones de la casa dan a paredes de ladrillo. Algunas son tan oscuras que no hay ni un atisbo de posibilidad de iluminación o autoconciencia. Son los espacios difíciles en los que a veces (o tal vez a menudo) nos encontramos en las relaciones.

En tanto estos espacios incómodos de la casa de las relaciones son por lo menos un desafío y merecen mucha atención, en el breve espacio de este artículo me gustaría limitar mi exposición al baño – en realidad al inodoro – y ser tan específico como pueda, con respecto a qué hacer cuando la maldita cosa rebalsa.

Ya sé que algunos piensan que una Relación Sagrada está hecha de maravillosos peluches tibios y arco iris de felicidad. Pero a veces, cuando menos lo esperamos, el inodoro deja de funcionar y la mierda cae en el ventilador – por así decirlo.

Mientras escribo esto, recuerdo un incidente que sucedió hace más de 15 años atrás en un taller de crecimiento personal que yo conducía con un amigo y especialista en rolfing. Era un taller psicológico orientado al cuerpo y había una docena de personas que se habían reunido en la casa de mi amigo. En la primera hora estuvo claro que había mucha mierda psicológica que sacar, si me entienden lo que digo.

Fue en ese momento que los inodoros de la casa dejaron de funcionar – no es chiste. Los malditos no soltaban agua. Para un taller de dos días, no teníamos baños funcionando – una sincronicidad irritante y abrumadora, o una coincidencia si quieren ser más racionales al respecto. De todos modos, el último día del taller, a la última hora, escuchamos sonidos raros desde todos los baños y de repente los inodoros empezaron a eructar. Uno de los participantes fue en puntas de pie al baño más cercano y de repente, sin razón aparente, la cosa empezó a hacer correr agua! Bueno, yo he visto algunas sincronicidades/coincidencias muy extrañas en mis veintitrés años de trabajo como psicoterapeuta, pero ésta creo que entró entre los primeros veinte del ranking.

Si considero esta rareza de los inodoros desde una perspectiva simbólica, realmente nos estábamos aferrando a nuestra mierda. Y sólo cuando la soltamos, psicológicamente hablando, por supuesto, se liberaron los inodoros.

En la Casa de las Relaciones lo que sucede con los inodoros es que a veces rebalsan. Y quienes sostienen relaciones pueden haber notado que estos tipos de inodoro a menudo rebalsan en los momentos más inconvenientes y menos apropiados socialmente.

Podría seguir y seguir hablando
de esta metáfora porque me encantan los pasadizos laberínticos que las metáforas abren en nuestras mentes. Pero en honor a la brevedad, me voy al grano. Lo que generalmente se rebalsa en los inodoros (de las relaciones) es, ni más ni menos, el resentimiento a la moda antigua – síp, resentimiento.


Amor, ¿porqué me estás jodiendo?

Casi cualquiera que haya sostenido una relación suficiente tiempo, ha experimentado resentimiento de vez en cuando. Viene incluido en el territorio de las interacciones interpersonales.

A veces nuestros resentimientos son pequeños, como cuando nuestro amigo o compañero se come el último bocado de nuestro postre. Recuerdo un incidente en una mesa cercana de un restaurante hace poco.

El mozo anotaba las órdenes para los postres, y la mujer dijo: “Para mí nada; yo pruebo un bocado del postre de él.”

“Ni los sueñes”, oí que retrucaba su compañero. “Siempre dices que vas a probar un bocado y terminas comiendo más postre que yo!” Y sí, los resentimientos alimenticios ocurren. Pero en general nuestros resentimientos se centran en cosas más significativas – como prometer hacer algo y no cumplirlo, o cuando lastimamos los sentimientos del otro.

Estos tipos de resentimientos, y el resentimiento en general, tienen una vida que yo llamo de encono en el estante. Lo que quiero decir es que un resentimiento no reconocido puede pasar a la clandestinidad, donde se lo pone en un estante – como en la alacena de una tía mía donde ella guardaba frascos con verduras y frutas de su jardín. Quedaban ahí hasta que a ella le parecía, y entonces ¡voila! sacaba un frasco de frutillas en medio del invierno y las mandaba a la mesa.

El resentimiento a veces hace eso. Es un rasgo raro de la naturaleza humana, que cuando alguien nos entristece o nos hace mal, a veces lo mostramos y a veces no. Cuando no le expresamos a nuestro compañero nuestros sentimientos auténticos en el momento, sobre todo cuando son de la variedad resentida, tienden a quedarse guardados, hablando psicológicamente. Y cuando menos uno lo espera, nuestro compañero puede tomarlo de su estante oscuro y presentarlo en la mesa, justo frente a uno. Rebalsó el inodoro.

Esta clase de resentimientos cotidianos puede ser difícil de manejar en una relación, pero hay otro tipo de resentimiento que es mucho más insidioso y, en cierto modo, mucho más difícil de manejar – porque vive en nuestro inconsciente. Volviendo a la metáfora de la casa, este resentimiento se va pudriendo en el sótano, lejos de las otras habitaciones. La mayor parte del tiempo ni sabemos que está allí. Es recién cuando rebalsa, mal recibido y no anunciado, entrando en nuestra habitación o dormitorio, que nos enteramos de que existe, y que además está ofendido.

¡Y qué es este resentimiento del que hablo? Es el que nace cuando nuestro compañero no está a la altura de nuestra imagen de él, o de lo que queremos que él sea. Para explicar esta bestiecita, vamos a tener que dar un paseo por nuestro propio sótano – nuestra mente inconciente.

Eso es peligroso, porque cuanto más baja uno las escaleras, tiende a tener sueño y olvidar para qué vino hasta allí abajo. Así que antes de descender a nuestro propio pozo, creo que estaría bueno hablar un poco del tema.


El Andrógino Interno

Aunque les pueda parecer raro a algunos, cada uno de nosotros es dos – al menos en términos psicológicos. Aquí no estoy hablando de lo que algunos llaman sub-personalidades, que son aspectos de nuestra personalidad que a veces pueden tener una vida propia. Virtualmente cualquiera que haya hecho algún tipo de investigación interna probablemente descubrió la extraña verdad de que hay más de uno dentro de sí. Tenemos una pluralidad de yoes, algunos opuestos a otros.

Digamos que decidiste dejar de fumar. Tan pronto estableces una tensión psicológica como ésta, es como si tuvieras dos yoes. Uno quiere que dejes y el otro quiere que sigas. Si tienes una imaginación vívida, el que quiere que dejes puede parecerte un ángel, mientras el otro te parece ya sabes qué.

En tanto las sub-personalidades son un tema fascinante y de importancia cuando se intenta una auto-transformación, la bestiecita de la que hablo vive en un nivel más profundo de la psiquis. Para ir al encuentro de ésta y éste, tendremos que bajar al lugar más oscuro del sótano (oscuro, en este caso, significa profundamente inconciente). Fíjense que dije “ésta y éste,” no ésta o éste. Eso es porque la bestiecita es ambas cosas.

En un nivel psicológico y arquetípico profundo, cada uno de nosotros es una díada inusual. Carl Jung, el psiquiatra, se refirió a esta díada como ánima y ánimus. Ánima es nuestro yo femenino, en tanto ánimus es nuestro yo masculino. Estos dos no están relacionados con el género biológico, sino que más bien son aspectos psico-espirituales de la consciencia. Por tanto, todos los hombres tienen un masculino y un femenino interno, y todas las mujeres tienen ambos aspectos, femenino y masculino igualmente.

Estas formas potentes, ánima y ánimus, generalmente nacen de una combinación de nuestra esencia espiritual innata y nuestras relaciones primarias, esto es, nuestros padres y nuestras madres. En algunos casos una figura significativa o poderosa distinta de los padres puede ser internalizada también, como una abuela o abuelo fuerte, o alguna otra persona cercana al niño.

En el turbio caldero que es la psicología humana, es inevitable que ciertos tipos de hombre representen aspectos de nuestro propio macho introyectado, en tanto ciertos tipos de mujer representan aspectos de nuestra propia hembra introyectada. Esto es porque el macho o la hembra externa expresan cualidades o actitudes que encajan o resuenan con nuestro ánimus o ánima interna.

La cosa misteriosa de todo esto es que la persona en el mundo exterior probablemente no tiene ni idea de que está activando el ánima o ánimus del otro individuo. Pero para la persona cuya ánima o ánimus ha sido activada por la presencia de un hombre o una mujer, ese hombre o esa mujer tendrá una cualidad magnética que será de atracción o repulsión. Y esta atracción o repulsión tiene poco que ver con la persona real, pero mucho que ver con las fuerzas psicológicas internas de su propia ánima o ánimus.

Voy a ser un poco más específico esperando que el concepto tenga más sentido.

Bob (nombre ficticio) vino a verme porque estaba teniendo problemas con su esposa. Era su tercer matrimonio, y al explorar su territorio psicológico, era claro que el mismo problema había surgido en sus matrimonios anteriores también. Con sus tres esposas, al principio se había sentido atraído por su belleza física, y todas eran rubias. Pero a medida que transcurrían los matrimonios se sentía presionado, criticado y subestimado. Aparecieron golfos emocionales y él y sus esposas inevitablemente se terminaban apartando. Esto era, por supuesto, la versión de Bob.

Karen, su mujer en ese momento (también nombre ficticio) sentía que cada vez que ella mencionaba algo negativo en la conducta de Bob – como dejar la ropa sucia tirada por todas partes – él se ponía como loco. A ella le parecía que su pedido era razonable. Pero para Bob era inflamatorio, crítico y cuestionaba su misma hombría.

Según se descubrió, la mamá de Bob era rubia (como Karen y sus antecesoras). Su madre era también físicamente hermosa, y de hecho había sido reina de belleza. Pero en su relación había un elemento tóxico. Ela odiaba a los hombres y manifestaba su disgusto por los hombres en general y por el padre de Bob en particular. Esto ponía a Bob en lo que se llama un doble compromiso. En otras palabras, estaba jodido. Era un muchacho, lo que significaba que algún día sería hombre y recibiría la ira de su madre. Pero no tenía que esperar a ser hombre para transformarse en el blanco de su madre. Ella lo criticaba constantemente y lo disminuía por las cosas más pequeñas. El resultado neto es que él internalizó las críticas maternas. Su ánima, que por naturaleza hubiera sido la fuente de intuición e interconexión, estaba envenenada. Ella (el ánima de Bob) llevaba el veneno de su madre. Como Bob no se había dado cuenta de esto, no se había tomado la tarea psico-espiritual de transformar su propia negatividad femenina interna; en vez de eso, la había proyectado hacia afuera.

Cuando Bob iniciaba una relación con una mujer, era con la esperanza inconsciente de que ésta, esta hermosa diosa de la que se había enamorado, lo redimiría. Ella no sería la madre tóxica con la que había crecido. Ella sería la hembra amorosa que lo abrazaría como él había anhelado. Por desgracia, su agenda psicológica rara vez hacía juego con la realidad. La hembra amorosa eventualmente, en la mente de él, se volvía una harpía criticona. En la realidad, Bob actuaba como un idiota y no se hacía responsable de las conductas que ocasionaban las críticas de sus esposas. La amarga ironía es que ellas no estaban cuestionando la hombría de Bob ni criticando su ser. Simplemente querían que levantara su maldita ropa sucia!

Este es un pequeño ejemplo de cómo un ánima o ánimus no asumido puede causar una catástrofe en las relaciones. Los mismos principios se aplican, por cierto, a las mujeres en sus relaciones con los hombres. Si la relación padre/hija estuvo desequilibrada, una mujer pueden encontrarse proyectando el arquetipo del hombre perfecto: digamos el Caballero de Brillante Armadura, o el Hombre-Dios que Todo lo Sabe, o alguna otra clase de pavada igualmente ridícula, sobre el hombre real con quien se relaciona. Y si el padre la criticaba, ella se va a sentir subestimada y criticada por su compañero. En casos extremos sentirá que no tiene derechos – que lo que el hombre quiere y necesita es la cosa más importante, eclipsando sus propias necesidades – una creencia que es desdichadamente sostenida como verdadera por una gran parte de la humanidad hasta hoy día. Una mujer que ha sido psicológicamente envenenada por su padre, o en algunos casos por su madre, debe transformar esta negatividad antes de poder ingresar en su propio sentido de poder personal.

Igual que en las relaciones heterosexuales, los temas no resueltos con el propio padre o madre pueden afectar las relaciones con el mismo sexo. La dinámica es muy similar ya que, como dije antes, nuestra ánima y ánimus no están relacionados con el sexo biológico, sino con aspectos universales de la consciencia humana. Las proyecciones psicológicas por lo tanto no están confinadas a las relaciones sexuales tampoco. Las relaciones con el mismo sexo pueden ser víctimas de la misma dinámica.

Hasta en algunos casos he conocido individuos que pensaban que eran gays y descubrieron que en realidad estaban proyectando su ánima o ánimus no asumido sobre su compañero del mismo sexo. Por ejemplo: un hombre puede interpretar mal su atracción por otros hombres. Ésta puede no ser sexual en absoluto, sino más bien psicológica. Podría estar proyectando su ánimus no asumido, o podría estar intentando llenar el vacío emocional creado por un padre que no estuvo presente para él. Lo mismo puede pasar con las mujeres. Quiero aclarar que no estoy diciendo que todas las relaciones homosexuales sean resultado de este tipo de proyección psicológica, sino que algunas lo son.

En la obra de Jung, una de las tareas primarias es llevar la propia ánima o ánimus a un estado de igualdad como para que las capacidades inherentes a ambos se puedan usar para vivir una vida psicológica equilibrada.

Ustedes podrían preguntar, entonces, qué tiene que ver todo esto con las relaciones personales. Mucho, realmente. ¿Qué es lo que nos atrae de alguien? Aun cuando los gustos personales y las personalidades juegan sin duda un papel, también tienen peso las fuerzas invisibles del ánima y del ánimus.

Un hombre puede sentirse atraído por una mujer con alguna cualidad particular porque está proyectando esa cualidad desde su propia ánima sobre alguien exterior a sí mismo. Esto a menudo pasa porque es incapaz de ver su propio lado femenino, y por eso lo busca afuera para completarse a sí mismo, según el dicho, estando en presencia de una mujer que tenga esas cualidades.

También podría estar intentando llenar un hueco psicológico propio debido a una relación negativa y dependiente con respecto a su madre (o a una figura femenina central de su infancia). En tal caso, podría inconscientemente obtener inspiración y fuerza de vida de las mujeres con quienes se relaciona porque, sin ellas, cree él, no puede sobrevivir psicológicamente. Este tipo de relaciones son inherentemente agotadoras para la compañera sobre quien se está proyectando y también inherentemente frustrantes para ambos, ya que estos tipos de agujeros psicológicos no pueden ser llenados por el otro. Es una tarea hercúlea e imposible.

A veces aparece una dinámica similar en mujeres atraídas por hombres. Una mujer puede fácilmente proyectar su propio ánimus sobre una figura masculina y desear relacionarse con él. Por desgracia, si la proyección es suficientemente fuerte, ella puede enamorarse de su propia proyección y no ver el carácter del hombre real. Algunas mujeres se involucran con parejas inadecuadas porque “ven” el potencial de la persona deseada para su relación, en tanto descartan convenientemente las señales de peligro de la conducta real del compañero. Creo que es vital para esas personas comprender claramente que uno no puede tener una relación real y satisfactoria con un potencial. Las mujeres que se enamoran de las proyecciones de su propio ánimus pueden descubrir que su hombres se vuelven como fantasmas – enigmáticos y tal vez atractivos, pero no tienen sustancia real.

Tanto desde la perspectiva Junguiana como desde la alquímica, una de las tareas más difíciles y cruciales es frenar el proceso de la proyección psicológica y asumir responsabilidad personal por su propia ánima y ánimus, lo que nos regresa a la Casa de las Relaciones. A veces vemos a nuestra pareja con tanta claridad que nos quita el aliento. Otras veces, sin embargo, apenas vemos a nuestra pareja a causa de la niebla hipnótica de nuestras propias proyecciones.

Este tipo de niebla suele instalarse cuando estamos psicológicamente desesperados, asustados o amenazados. Si alguna acción de nuestra pareja se parece de algún modo a acciones o actitudes que nos recuerdan las relaciones de nuestra infancia, habrá suelo fértil para que surja la proyección psicológica.

Lo que dispara todo este enredo es el shock de una mala junta entre los efectos hipnóticos de nuestras proyecciones y la realidad del momento. Volvamos la atención por un minuto hacia Bob y Karen.

Cuando Karen le pedía a Bob que recogiera su ropa sucia, ella estaba haciendo un pedido que era muy simple y razonable a su entender. Pero para la mente de Bob, el escenario era muy diferente. Cuando él le pidió a Karen que se casara con él, no fue a Karen que se lo estaba pidiendo. Fue a la diosa todo-amor que él proyectaba sobre ella. La verdadera Karen estaba perdida en el neblinoso, romántico e ilusorio mundo de la proyección de Bob. Para no quitarle todo mérito a Bob, creo que él sí veía aspectos de Karen, la persona real, honesta y buena, y los valoraba. Pero eso llevaba mucha proyección mezclada. Y así la escena estaba dispuesta para el tercer acto de su tragedia.

¿Se dan cuenta? En el curso de un día de la vida real y cotidiana, Karen sólo señalaba la necesidad de que Bob fuera un poco más prolijo. Pero él internalizaba los comentarios de Karen como críticas y degradaciones. En esos momentos, cuando se ponía “loco”, según palabras de Karen, ya no estaba viendo a su esposa – estaba viendo a su madre. En otras palabras, el veneno que la madre había inyectado en su ser cuando niño contaminaba su relación con Karen.

El ánima de Bob estaba perturbada y si no extirpaba esta madre tóxica, nada lo liberaría a él, ni a su ánima, ni a su mujer de esta esclavitud.

Como parte de la terapia, empezamos a trabajar con su ánima y ánimus a través de una forma de imaginería transformacional profunda llamada Psicosíntesis.

Este tipo de trabajo es muy eficaz para tratar fuerzas psicológicas conflictivas a través del uso de imágenes internas y luz espiritual.

Pero mientras esto se dirigía a su mundo interno, Bob necesitaba enfrentar su realidad externa también – esto es, la dinámica de su relación con Karen. En primer lugar, tenía que empezar a recoger su desparramo en la casa. Esto era simplemente cuestión básica en una relación, y a mí me asombraba que 
Bob pudiera ser tan inteligente para algunas cosas y tan estúpido en otras. Pero eso suele suceder en lo tocante a nuestros propios líos emocionales.

Y ya que tocamos este tema, he de mencionar que a Bob le demandó trabajar tanto en su mundo interno de pensamiento y sentimiento, como en su mundo externo – su conducta – para resolver los problemas entre él y su esposa. Aclaración: si quieres verdaderamente transformarte a tí mismo, deberás trabajar tanto en lo interno como en lo externo. No puedes sólo pensar en el problema, tienes que hacer algo real al respecto.

Bob y Karen aprendieron nuevas estrategias para comunicarse uno con otro sin culpar y sin desbarrancarse hacia conductas irracionales. Esta parte de la sanación fue tediosa, por así decirlo, pero se hizo más fácil al repasar los principios básicos de las relaciones interpersonales.

No es intención de este artículo repasar esos fundamentos, pero si estás luchando con tu pareja con respecto a comunicación, podrían echar una mirada al libro de Harvel Hendrick “Getting the Love You Want” (Obtener el Amor que Quieres). Este libro es básico, y su simplicidad puede hacer que no lo tomes muy en cuenta. Pero siempre digo que es bueno a veces ir a repasar lo básico – especialmente si nunca lo aprendiste.

La triste verdad es que una mayoría de personas carece de estas habilidades básicas, y sin ellas las relaciones tienen poca esperanza de evolucionar hacia lo que podrían ser – una fuente de nutrición mental, emocional y espiritual. En vez de eso, la mayoría de las relaciones parece deteriorarse eventualmente hacia una telenovela de la tarde en TV. Muchas relaciones podrían salvarse, creo, de ese destino, con un poco de entendimiento básico sobre cómo hablar con el otro y cómo escucharlo.


http://tomkenyon.com

1 comentario:

Silvia dijo...

Muy explicito:)en esas estoy yo,desatascando los inodoros de cada relción...gracias por esta sincronicidad,un abrazo!