
Hathors
Tom Kenyon, M.A., Publicado en 2006
En cierta forma, las relaciones son como las casas. Tienen muchas habitaciones y desde cada habitación se ve el mundo de una forma única. Algunas habitaciones tienen ventanas gigantescas para mirar un mundo de inmensas posibilidades. Cuando vivimos la danza de las relaciones en estas habitaciones, la vida parece llena de promesas y potenciales ilimitados. El amor (romántico y de otras clases) puede prosperar en estas habitaciones.
Pero algunas de las habitaciones de la casa dan a paredes de ladrillo. Algunas son tan oscuras que no hay ni un atisbo de posibilidad de iluminación o autoconciencia. Son los espacios difíciles en los que a veces (o tal vez a menudo) nos encontramos en las relaciones.
En tanto estos espacios incómodos de la casa de las relaciones son por lo menos un desafío y merecen mucha atención, en el breve espacio de este artículo me gustaría limitar mi exposición al baño – en realidad al inodoro – y ser tan específico como pueda, con respecto a qué hacer cuando la maldita cosa rebalsa.
Ya sé que algunos piensan que una Relación Sagrada está hecha de maravillosos peluches tibios y arco iris de felicidad. Pero a veces, cuando menos lo esperamos, el inodoro deja de funcionar y la mierda cae en el ventilador – por así decirlo.
Mientras escribo esto, recuerdo un incidente que sucedió hace más de 15 años atrás en un taller de crecimiento personal que yo conducía con un amigo y especialista en rolfing. Era un taller psicológico orientado al cuerpo y había una docena de personas que se habían reunido en la casa de mi amigo. En la primera hora estuvo claro que había mucha mierda psicológica que sacar, si me entienden lo que digo.
Fue en ese momento que los inodoros de la casa dejaron de funcionar – no es chiste. Los malditos no soltaban agua. Para un taller de dos días, no teníamos baños funcionando – una sincronicidad irritante y abrumadora, o una coincidencia si quieren ser más racionales al respecto. De todos modos, el último día del taller, a la última hora, escuchamos sonidos raros desde todos los baños y de repente los inodoros empezaron a eructar. Uno de los participantes fue en puntas de pie al baño más cercano y de repente, sin razón aparente, la cosa empezó a hacer correr agua! Bueno, yo he visto algunas sincronicidades/coincidencias muy extrañas en mis veintitrés años de trabajo como psicoterapeuta, pero ésta creo que entró entre los primeros veinte del ranking.
Si considero esta rareza de los inodoros desde una perspectiva simbólica, realmente nos estábamos aferrando a nuestra mierda. Y sólo cuando la soltamos, psicológicamente hablando, por supuesto, se liberaron los inodoros.
En la Casa de las Relaciones lo que sucede con los inodoros es que a veces rebalsan. Y quienes sostienen relaciones pueden haber notado que estos tipos de inodoro a menudo rebalsan en los momentos más inconvenientes y menos apropiados socialmente.
Podría seguir y seguir hablando



